
Una tarde comenzó a llover torrencialmente sobre mi ciudad.
Había muchas nubes que parecían copos de nieve negra que despedían relámpagos anaranjados y por el cielo volaban, sin fuerza, los entristecidos pájaros.
Los techos, las paredes y las chimeneas estaban hartos de tanta lluvia. Las pobres antenas sentían frío y tristeza al mismo tiempo.
El agua de lluvia se deslizaba lentamente por las calles solitarias de la ciudad. Su materia buscaba cunetas o zanjones para que la guiaran hasta su destino. La indiferente masa se detenía en patios, casas, veredas y calles desiertas. Entonces se acumulaba por causa de los desagües tapados y se elevaba cada vez más.
La mayoría de las bombas extractoras estaban fuera de servicio.
Fue entonces cuando algunos niños creyeron escuchar la voz de un hombre desesperado preguntándole a la lluvia el por qué de tanto sufrimiento, y al agua respondiéndole que su naturaleza era caer y no arrasar con nada a su paso, pero que él había construido su casa en un lugar demasiado bajo. El inundado tuvo que darle la razón, pero le explicó que no tenía suficiente dinero como para comprar una casa o un terreno en una zona más alta. Pero el agua insistía en que no era su culpa, que los máximos culpables eran los gobernantes, porque debían saber si las bombas funcionaban o no pero que, por otro lado, la misma gente también tenía su parte de culpa por arrojar bolsas y botellas plásticas a la calle.
Pero el caos tenía muy angustiada a la gente porque el agua comenzaba a arrastrar sus pertenencias. Corrían tristes porque aunque salvaban sus vidas, sus pertenencias quedaban, de nuevo, bajo agua.
Algunos tenían un lugar donde autoevaluarse, pero otros tenían que ir a los centros de evacuación. Y se sentían muy entristecidos al pensar que deberían comprar nuevamente las cosas perdidas.
Tras varios días de lluvia, comenzaron a regresar a sus casas.
Algunos iban llevando, de a poco, lo que habían podido rescatar.
Otras, las que no pudieron salvar nada, llevaban lo más valioso que tenían: sus ilusiones y esperanzas.
Pero, todos, aún tuvieron que juntar fuerzas para volver a empezar.