LUCAS EBERHARDT
Una tarde, en Santa Fe, comenzó a llover furiosamente.Algunos pájaros volaban, pero los más pequeños se caían del nido por tener las alas mojadas.
Por el violento viento, las copas de los árboles se sacudían. Esperaban, las antenas asustadas, que deje de llover. Asombrados, los techos lloraban sus miedos.
El agua, fría y cautivante, corría hacia los lugares más bajos. La gente desesperada buscaba un refugio cálido y seco para su familia. Las botellas y bidones plásticos tapaban las bocas de tormenta. Así fue como, en las calles más bajas, el agua se acumulaba ocasionando inundaciones. Como el agua subía, la mayoría de la gente comenzó a abandonar sus hogares.
Los inundados comenzaron a pedir al gobierno el auxilio de las bombas extractoras, pero no estaban en funcionamiento.
Entonces, la gente se sintió desesperada y abandonada y comenzó a buscar un lugar dónde evacuarse. Estaban todos mojados y no tenían ropa para cambiarse. Sucios, esperaban que donen ropa a los centros de evacuación. Pero muchos de ellos, asustados, subían a los techos para quedarse a cuidar su casa.
Luego de muchos días debieron regresar a sus hogares. Veían con tristeza la mugre encerrada en ellos y no soportaban ver tantos muebles rotos arrojados sobre las calles barrosas.
Ante la crisis, mucha gente marchó a protestar contra los gobernantes. Cortaron calles y quemaron cubiertas. Acumulaban quejas y reproches hasta que les prometieron solucionar lo sucedido.
Pero ellos ya no les creen
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