EVELYN ESQUIVEL
El 25 de marzo, en la ciudad de Santa Fe, comenzó a llover con fuerza.Lloraban por encima de los techos las antenas oxidadas. Los pájaros estaban tristes porque no podían salir de sus nidos. Se refrescaban sus cabellos verdes las copas de los árboles. Solamente las gotas se divertían mientras caían a toda velocidad sobre las chapas.
El agua se deslizaba por los caminos con sus contaminaciones. Buscaba los lugares bajos. Detenida en la ciudad, había comenzado a emanar olores. Se acumulaba cerca de las bombas. En vez de bajar, ella subía.
La gente de algunos barrios debió trasladarse a los centros de evacuados.
Algunos de ellos fueron muy cómodos. No se bañaban. No limpiaban el sitio donde se alojaban y dejaron hasta las paredes hechas un desastre.
Por eso, las personas que les dieron refugio, hoy, se arrepienten de haberles abierto la puerta.
Otros llegaban con mucha tristeza porque sabían que habían perdido sus poquitas cosas. Esas cosas que eran tan valiosas para ellos y que ahora forman parte de un basural doloroso.
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