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CRÓNICA DE UNA TRAGEDIA

G - H - I

FLORENCIA INGARAMO

FLORENCIA INGARAMO

FRANCISCO INGARAMO

FRANCISCO INGARAMO

Los relámpagos, de vez en cuando, te encandilaban. Volaban buscando donde refugiarse los pájaros empapados. Mojados de tanta lluvia estaban los techos y antenas. Las copas de los árboles lloraban porque el agua las golpeaba sin piedad. Las nubes negras daban la alarma.

El agua corría como el viento arrasando todo lo que se cruzaba. Se detenía en los lugares más bajos de la ciudad. Buscaba los desagües para irse de allí, para escaparse, y entonces se acumulaba porque la mugre de los desagües le impedía el paso. Como la lluvia continuaba, el agua subía cada vez más.

Pero la mayoría de las bombas extractoras estaban fuera de servicio porque funcionaban a base de electricidad o bien a base de combustible. Y al cortarse el suministro eléctrico como medida de seguridad ante la catástrofe hídrica y por falta de previsión en la provisión de gasoil, algunas no pudieron ponerse en marcha.

Para colmo la importante cantidad de agua caída puso en evidencia la insuficiente capacidad de otras para desagotar con mayor rapidez los barrios anegados.

Fue entonces cuando a los niños con imaginación les pareció escuchar voces en medio de la tormenta. Era la lluvia que necesitaba largarse nuevamente y unos inundados intentaban detenerla.

Ella, sorprendida les pedía que no se lo impidieran porque estaba a punto de explotar, pero ellos le explicaban que no querían perderlo todo nuevamente. Pero la lluvia no pudo detenerse y cuando terminó las casas de los inundados estaban tapadas por el agua.

Y aunque todos sabían que la lluvia también daba vida, las personas estaban muy tristes. Embalsamadas de dolor, esperaban un milagro. Recogían los restos de sus bienes con el rostro torcido por una mueca de dolor.

Los días fueron pasando hasta que llegó el más esperado.

Todos los evacuados y autoevacuados volvieron a sus casas. Tenían que empezar de nuevo, desinfectar las paredes, los pisos, comprar muebles y electrodomésticos.

Pero algunos perdieron sus hogares y tendrán que trabajar para poder recuperarlas

CRISTIAN GIORGIS

CRISTIAN GIORGIS Una mañana comenzó a llover torrencialmente.
Las copas mojadas de los árboles se sacudían por el viento. Daba temor al pueblo las nubes grises. Unas antenas viejas y oxidadas buscaban secarse con el aire frío. Finas gotas caían sobre los techos de la ciudad.
Impedían el paso del agua los desagües tapados y, a medida que los días pasaban, el agua se estancaba en los lugares bajos y comenzaba a despedir olor. Esa acumulación de la masa líquida comenzaba a anegar barrios enteros.
Fue entonces cuando la gente comenzó a abandonar sus casas. Corrían de un lado hacia otro tratando de recuperar sus cosas y reclamaban el abastecimiento de colchones, comida y frazadas.
Los centros de evacuados respondieron medianamente ante la situación. Pero la gente continuaba reclamando decisiones de parte de sus gobernantes.
Después de quince días los inundados se vieron obligados a regresar a sus hogares. Pero se encontraban con una realidad muy desagradable. Todas sus pertenencias estaban tiradas en el piso como si un huracán hubiera pasado sobre ellas.
Los muebles se encontraban asombrosamente hinchados y algunos comenzaban a desintegrarse delante de sus ojos.
De las paredes brotaba el agua y, al secarse, formaban figuras extrañas.
La tarea más difícil fue la de limpiar todo ese desastre. Pero la fuerza de la familia ayudó, una vez más, a sobrellevar este abandono ocasionado por los que tienen que protegernos.