NATALÍ CHÁVES
En la escuela, yo observaba las antenas mojándose con las gotas de la lluvia. Muchas luces atravesaban el cielo y, después, se escuchaban los truenos. Los techos resonaban bajo el agua salvaje. De a ratos pasaban muchos pájaros que aprovechaban un descuido del clima para ir a buscar comida. Era una lluvia ciega.Al mediodía regresé a casa para estar todos juntos. Pero seguía lloviendo y las bombas no andaban.
La masa líquida fue muy malvada. Arrasó con todo y destruyó los elementos que quedaron más bajos. Por suerte, alcancé a poner mis útiles en la cucheta de arriba y no se mojaron.
El agua comenzó a acumularse adentro de mi casa y no nos dio tiempo para poder salir ni levantar las cosas. ¡Fue tan triste!
La gente salía abrazada a sus bolsas por las calles llenas de agua. Huía del barrio y buscaba donde autoevaluarse. Se llevaba los chicos sobre los hombros. Algunos hombres intentaban salvar a sus autos y otros se quedaban mirando como les entraba el agua sin hacer nada.
Y la gente estaba tan preocupada por sus hijos y furiosa porque siempre les pasa lo mismo que usurpaban casas sin ponerse a pensar si estaba bien o no.
Quince días más tarde, las bombas que nos prestaron otras provincias habían enviado toda el agua hacia el Salado y el gobierno ordenó que desocuparan las escuelas.
Había que regresar a casa. Pero era difícil. Muy difícil.
Las calles malolientes estaban sucias y había mucho barro. Las paredes de mi casa quedaron muy manchadas y, algunas, rajadas. Los muebles que no eran de algarrobo no servían más. Pero los muebles de algarrobo son muy caros.
Para colmo el clima no ayudaba porque seguía tormentoso y triste. Un día para acompañar la tristeza que la gente tenía por dentro mientras limpiaba su casa, tiraba los muebles que compraron con tanto esfuerzo.
Mi mamá se sentía muy mal porque tuvo que tirar casi toda la ropa. Desesperado estaba mi papá porque no sabía qué se podría arreglar y qué había que tirar. Y yo estaba tan nerviosa que lloraba sobre la ropa toda manchada y podrida.
Una mañana el cielo estaba gris y maduro. Una antena arriba del techo y las hojas empapadas del árbol parecían esperar el regreso del sol. Se escuchaban truenos a lo lejos pero yo no tenía miedo. No pensaba en que pasaría algo tan malo como lo que pasó.
Hace unos pocos días, en mi barrio, empezó a llover torrencialmente hasta inundar las calles.
Hace ya un tiempo empezó a llover torrencialmente hasta inundar las calles de los barrios más bajos de Santa Fe.
Un día, en mi ciudad, comenzó a llover.
Era un día lluvioso con truenos y relámpagos. Los pájaros se iban a sus nidos. El agua caía sobre los techos de la escuela. Los árboles solitarios soportaban la lluvia ciega mientras el agua hacía globitos en el medio del patio. Después buscaba los lugares bajos y se iba por las zanjas hacia los barrios pobres y humildes.
Un día, en Santa Rosa de Lima empezó a llover. Mientras las nubes grises mojaban nuestros techos, los pájaros se refugiaban en sus nidos cuidando a sus pichoncitos para que no se caigan. También las antenas se mojaban y se oxidaban con la lluvia mala y clara que inundaba nuestro barrio y los tanques de agua se rebalsaban con las brillantes gotas de la lluvia, al mismo tiempo que las chimeneas calentaban las casas por dentro.
Una mañana, en la ciudad de Santa Fe, empezó a llover torrencialmente.