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CRÓNICA DE UNA TRAGEDIA

D - E - F

DENISE FALCO

DENISE FALCO Debajo de las ramas del pino, nidos y pájaros se cubrían de las gotas frías de la lluvia.
Sobre las terrazas de los edificios mojaba cada rincón la lluvia azul.
Un relámpago iluminaba el cielo con su luz brillante y se escuchaban los ruidos impactantes que lo seguían.
A lo lejos la gente, asustada, buscaba donde pasar la noche. Salían con bolsas de ropa y criaturas en brazos. Y una vez evacuados intentaban comunicarse con sus familiares. Lloraban de desesperación y de miedo al tener que dejar sus casas y sus cosas desprotegidas.

CLAUDIO DESPÓSITO

CLAUDIO DESPÓSITO Una mañana comenzó a llover sobre mi casa. Los truenos se escuchaban a los lejos y los pocos pájaros volaban rápidamente a refugiarse.
Ese mundo de gotas cayendo sin parar, al rato, se volvía muy molesto y las paredes se humedecían al mismo tiempo que los árboles.
El agua corría rápidamente llenando los bordes de las calles, los zanjones y los reservorios subían cada vez más.
No pasó mucho tiempo antes de que comenzara a arrasar todo a su paso.
Este nuevo desastre trajo angustia y desesperación.
Afuera el clima estaba frío, empapado, tormentoso y dentro de la gente se respiraba una atmósfera de nerviosismo, de pura tristeza.

EVELYN ESQUIVEL

EVELYN ESQUIVEL El 25 de marzo, en la ciudad de Santa Fe, comenzó a llover con fuerza.
Lloraban por encima de los techos las antenas oxidadas. Los pájaros estaban tristes porque no podían salir de sus nidos. Se refrescaban sus cabellos verdes las copas de los árboles. Solamente las gotas se divertían mientras caían a toda velocidad sobre las chapas.
El agua se deslizaba por los caminos con sus contaminaciones. Buscaba los lugares bajos. Detenida en la ciudad, había comenzado a emanar olores. Se acumulaba cerca de las bombas. En vez de bajar, ella subía.
La gente de algunos barrios debió trasladarse a los centros de evacuados.
Algunos de ellos fueron muy cómodos. No se bañaban. No limpiaban el sitio donde se alojaban y dejaron hasta las paredes hechas un desastre.
Por eso, las personas que les dieron refugio, hoy, se arrepienten de haberles abierto la puerta.
Otros llegaban con mucha tristeza porque sabían que habían perdido sus poquitas cosas. Esas cosas que eran tan valiosas para ellos y que ahora forman parte de un basural doloroso.

KEILA DÍAZ

KEILA DÍAZ

SABRINA DOMÍNGUEZ

SABRINA DOMÍNGUEZ

ESTEBAN FERNÁNDEZ

ESTEBAN FERNÁNDEZ Un día lluvioso, en Santa Fe, comenzó a llover torrencialmente. Se escuchaban, a lo lejos, los trinos agradables de los pájaros. Caía sobre los techos de los edificios, la lluvia fría. Se movían como si estuvieran secándose, las angostas copas de los pinos. Sobre las azoteas, las negras nubes caminaban en el cielo gris.
El agua, ágil, avanzaba lentamente por las cunetas hondas y húmedas. Buscaba los terrenos bajos para poder acumularse e inundar zonas. Se detenía en lugares bloqueados por el agua sucia y olorosa. En los desagües tapados se acumulaban hojas, basura, desechos. Subía lentamente por la cantidad de lluvia caída sobre las calles.
La mayoría de las bombas extractoras estaban fuera de servicio.
Fue entonces cuando, a los niños con imaginación les pareció escuchar voces en medio de la lluvia. Escuchaban la voz de un inundado preguntándole al agua por qué lo hacía, qué habían hecho ellos de malo para merecer ese castigo de ver sus casas inundadas, mojadas sus pertenencias y sus cosas arrastradas por el barro. Y el agua le respondía que ella no tenía idea, que también el gobierno les había aconsejado que no hicieran sus casas en un terreno bajo y tan cerca del río sin que ellos hicieran caso. El hombre quiso explicarle que con el sueldo que le pagaban era difícil que pudieran vivir en un barrio mejor. Pero el agua le contestó que ese no era su problema.
La gente, con miedo, salía corriendo de sus hogares mientras el agua les mordía los talones. Una parte de ella llamaba a sus parientes, preocupados, para que los buscaran y los ayudaran. Fatigados, buscaban un refugio cercano, lejos del agua. Salían con sus pertenencias en la mano, asustados por la masa líquida que se acercaba lentamente a ellos. Se autoevacuaban en las escuelas, centros de evacuados o casas de familia.
Luego de veinte largos días, la gente, triste, regresó a sus casas, esperanzados de que el drama no vuelva a repetirse. Encima de sus cabezas, la lluvia y el cielo gris comenzaban a desaparecer.
La gente sentía enojo por todo lo ocurrido. Tanto adentro como afuera de las personas el clima era gris.
En esta ocasión, la voluntad de la gente tuvo que ser más fuerte que en las anteriores inundaciones.

MATÍAS FAVOTTI

MATÍAS FAVOTTI

LUCAS EBERHARDT

LUCAS EBERHARDT Una tarde, en Santa Fe, comenzó a llover furiosamente.
Algunos pájaros volaban, pero los más pequeños se caían del nido por tener las alas mojadas.
Por el violento viento, las copas de los árboles se sacudían. Esperaban, las antenas asustadas, que deje de llover. Asombrados, los techos lloraban sus miedos.
El agua, fría y cautivante, corría hacia los lugares más bajos. La gente desesperada buscaba un refugio cálido y seco para su familia. Las botellas y bidones plásticos tapaban las bocas de tormenta. Así fue como, en las calles más bajas, el agua se acumulaba ocasionando inundaciones. Como el agua subía, la mayoría de la gente comenzó a abandonar sus hogares.
Los inundados comenzaron a pedir al gobierno el auxilio de las bombas extractoras, pero no estaban en funcionamiento.
Entonces, la gente se sintió desesperada y abandonada y comenzó a buscar un lugar dónde evacuarse. Estaban todos mojados y no tenían ropa para cambiarse. Sucios, esperaban que donen ropa a los centros de evacuación. Pero muchos de ellos, asustados, subían a los techos para quedarse a cuidar su casa.
Luego de muchos días debieron regresar a sus hogares. Veían con tristeza la mugre encerrada en ellos y no soportaban ver tantos muebles rotos arrojados sobre las calles barrosas.
Ante la crisis, mucha gente marchó a protestar contra los gobernantes. Cortaron calles y quemaron cubiertas. Acumulaban quejas y reproches hasta que les prometieron solucionar lo sucedido.
Pero ellos ya no les creen

MARIO DE LA BIANCA

MARIO DE LA BIANCA