RUBÉN SILVA
Hace unos días, en Santa Rosa, empezó a llover torrencialmente hasta inundar todas las calles.Una lluvia escandalosa mojaba a las antenas y las puntas de los árboles bailaban como rockanroleros agitando sus cabezas verdes.
Golpeaba con fuerza contra los techos de las casas mientras los rayos iluminaban todo y, en un descuido del tiempo, los pájaros aprovechaban para ir a sus nidos.
La mayoría de las bombas extractoras estaban fuera de servicio.
Entonces el agua fue subiendo y subiendo hasta que se detuvo en un solo lugar.
Los pozos rebalsaban y largaban toda su pudrición hacia las casas.
La gente escapaba en botes anfibios. Algunos, desesperados, subían a los techos y veían cómo subía el agua y los chicos, traumados, intentaban salir en piraguas o canoas.
Así abandonaron todo hasta que un día les ordenaron regresar.
Nublado y lluvioso, ni siquiera el tiempo les daba una oportunidad para regresar a limpiar ese desastre de sillas rotas, de muebles hinchados, de mugre pegada en cada rincón de sus hogares.
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