MARIANA PIEDRABUENA
Un día, en Santa Fe, estaba lloviendo y hacía frío.Con sus gotas frescas, la lluvia caía desesperadamente.
Los techos, empapados, envejecían con tristeza. Los relámpagos encendían luces en el cielo y algunas nubes espesas miraban hacia el horizonte gris que les traía recuerdos.
Bailaban con el viento las antenas oxidadas. Cantaban los pájaros en su silencio húmedo. Las copas de los árboles estaban todas empapadas y, entre el espejo de los charcos, algunas chimeneas cantaban y soñaban.
Al día siguiente el agua fría comenzó a correr por las calles vacías. Su cuerpo oscuro buscaba los zanjones y se quedaba estancada por culpa de los vecinos que arrojan basura a la calle sin pensar en los desagües. Entonces subía lentamente sobre las calles extrañas, las veredas mojadas y las casas tristes.
Aparte de eso, la mayoría de las bombas extractoras estaban fuera de servicio.
Fue entonces cuando creí escuchar la voz de un inundado preguntándole al agua los motivos por los cuales le causaba tanto daño. Y al agua respondiendo que ese era su territorio y lo reclamaba para ella. El hombre se aseguró que no tenía dinero suficiente para comprar un sitio en otro lugar y le pidió disculpas por juzgarla sabiendo que los verdaderos culpables tenían nombre y apellido.
Apenas pasaron unas horas cuando la gente, asustada, decidió abandonarlo todo. Se iban empapados, desconcentrados, tristes, recordando la catástrofe anterior, la del año 2003 y pensando en sus cosas, en sus animales.
Llorábamos, desamparadas, las familias humildes.
Pero lo peor estaba por venir.
El regreso sería mucho peor. Debimos limpiar y limpiar los hogares mojados. Nos sentíamos muy mal. Sobre todo los primeros días, terribles y duros.
Para colmo la lluvia, aunque no tan fuerte, seguía cayendo.
Todos nos queríamos ir de esos lugares que tantos recuerdos malos nos traían. Pero tuvimos que resignarnos, prendernos de la esperanza y volver a empezar.
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