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CRÓNICA DE UNA TRAGEDIA

O - P - Q

MARA PIANETTI

MARA PIANETTI Una mañana, en Santa Fe, se largó una fuerte tormenta. Los truenos, ruidosos, sorprendían a las personas que contemplaban detrás de las ventanas. Los cables eléctricos sufrían la presencia de la lluvia mientras los tejados, mojados, miraban con asombro la prisa de los pájaros que volaban hacia sus nidos y los árboles altos atraían la furia de los relámpagos.
Enseguida el agua comenzó a deslizarse buscando un lugar donde detener su camino. En ese instante los charcos comenzaron a agrandarse y el agua a subir cada vez más.
Los desagües se tapaban por los desechos residuales, algunas hojas, etc, que estaba depositados en las calles. De esta manera el agua comenzó a inundar las zonas más bajas de la ciudad.
Las gentes, desesperadas, corrían por las calles inundadas y se autoevacuaban en escuelas o en clubes donde convivían con otras familias y todos estaban muy nerviosos y preocupados.
Quince días más tarde, el gobierno les ordenó abandonar las escuelas. Hacía mucho frío y el cielo estaba nublado. Al volver a sus casas, se encontraron con una trágica realidad donde los electrodomésticos, las ropas y los muebles, estaban todos arruinados.
Tenían que empezar de nuevo en medio de paredes estropeadas por la humedad, rompiendo los revoques hasta llegar al ladrillo, dejando secar por un tiempo y después volviendo a revocar.
Algunos quedaron sin esperanzas y otros intentan reconstruir su vida.

MARÍA LUISA PERRI

MARÍA LUISA PERRI

MARÍA PAULA PÉREZ

MARÍA PAULA PÉREZ Un día me levanté de la cama, me asomé por la ventana y ví como caían las suaves y finas gotas de la lluvia.
Enormes relámpagos iluminaban campos amplios e inundados. Los árboles se balanceaban de un lado a otro mientras las hojas volaban en el viento.
Era hermoso.
Pero la lluvia no paraba.
El agua escapaba por las calles hacia el oeste mientras las zanjas empezaban a rebalsar y a armar charcos gigantes en las calles. Los campos de los alrededores no podían absorber más agua y empezaban a formarse lagos interminables junto a las rutas.
La inundación comenzaba a desesperar a las personas.
La gente partió de sus casas hacia el refugio de los centros de evacuados. Todas mojadas, algunas familias preferían tomar prestadas las casas que estaban a la venta o en alquiler.
Dicen que recibieron colchones y abrigo. Dicen que la comida llegaba muy tarde y que pasaron hambre. Dicen que las escuelas hicieron todo lo que pudieron. Dicen que rompieron todos los lugares donde les dieron alojamiento.
Pero el regreso se les hizo muy difícil. El clima no mejoraba. Seguía nublado y lluvioso. Las casas estaban sucias, manchadas, mugrientas.
El panorama era desolador.
La humedad brotaba de las paredes y todos los muebles que quedaron dentro estaban en pésimas condiciones.
La gente está agobiada y desilusionada.

JACKELINE PERALTA

JACKELINE PERALTA El tiempo no ayudaba a las personas. La lluvia hacía que el agua corriera hacia la zona más baja pero los desagües tapados hacían que se estancara y las bombas extractoras rotas no podían pasarla hacia el río.
Las personas estaban traumadas y no sabían para donde caminar.
Cuando volvieron las paredes de la casa estaban llenas de humedad. La mayoría de los muebles tuvieron que tirarse a la calle. Las maderas que cubrían las paredes comenzaron a despedir mal olor.
Los niños quedaban con la imagen de la inundación grabada en la mirada.
Y mi abuelo cuando ve agua se desespera.

LUCAS PAYETTA

LUCAS PAYETTA En Santa Fe, una mañana comenzó a llover. El cielo se puso horrible.
Los techos estaban todos mojados. La antena, los cables, las chimeneas, los tanques de agua y algunos árboles, estaban quietos bajo esa lluvia que era como blanca y fría si la tocabas.
El cielo, a veces, se ponía de color lila por culpa de los relámpagos, y a lo lejos se escuchaban truenos que hacían un ruido rarísimo.
Las zanjas se desbordaban cubriendo las veredas y los charcos se hacían cada vez más hondos.
Hora tras hora el agua comenzaba a dejar a algunas personas sin sus hogares.

PABLO OBERMANN

PABLO OBERMANN Un día fui a la escuela y estaba lloviendo. La lluvia ciega mojaba las antenas de las casas y los relámpagos iluminaban el salón. El espeso cielo cubría los techos y los pájaros sufrían ante la tormenta eléctrica.
El agua se deslizaba por las calles y las zanjas estaban tapadas por una mugre vieja. Entonces algunos charcos se hicieron cada vez más grande hasta impedirle el paso a la gente. Y llegó la inundación.
La mayor parte de las bombas extractoras no funcionaban.
La gente empezó a buscar los lugares donde el gobierno les dijo que los esperaba para trasladarlos en camiones y cuando llegaban a ese lugar no había nada y tenían que arreglárselas solos.
Fueron a meterse en las escuelas para ser mejor atendidos y después no se querían ir para que pudieran comenzar las clases. Además hicieron desastres, rompieron instalaciones, escribieron paredes, robaron elementos de trabajo. Algunos usurparon casas sin pensar que los dueños no tenían la culpa de lo que les había pasado.

MARIANA PIEDRABUENA

MARIANA PIEDRABUENA Un día, en Santa Fe, estaba lloviendo y hacía frío.
Con sus gotas frescas, la lluvia caía desesperadamente.
Los techos, empapados, envejecían con tristeza. Los relámpagos encendían luces en el cielo y algunas nubes espesas miraban hacia el horizonte gris que les traía recuerdos.
Bailaban con el viento las antenas oxidadas. Cantaban los pájaros en su silencio húmedo. Las copas de los árboles estaban todas empapadas y, entre el espejo de los charcos, algunas chimeneas cantaban y soñaban.
Al día siguiente el agua fría comenzó a correr por las calles vacías. Su cuerpo oscuro buscaba los zanjones y se quedaba estancada por culpa de los vecinos que arrojan basura a la calle sin pensar en los desagües. Entonces subía lentamente sobre las calles extrañas, las veredas mojadas y las casas tristes.
Aparte de eso, la mayoría de las bombas extractoras estaban fuera de servicio.
Fue entonces cuando creí escuchar la voz de un inundado preguntándole al agua los motivos por los cuales le causaba tanto daño. Y al agua respondiendo que ese era su territorio y lo reclamaba para ella. El hombre se aseguró que no tenía dinero suficiente para comprar un sitio en otro lugar y le pidió disculpas por juzgarla sabiendo que los verdaderos culpables tenían nombre y apellido.
Apenas pasaron unas horas cuando la gente, asustada, decidió abandonarlo todo. Se iban empapados, desconcentrados, tristes, recordando la catástrofe anterior, la del año 2003 y pensando en sus cosas, en sus animales.
Llorábamos, desamparadas, las familias humildes.
Pero lo peor estaba por venir.
El regreso sería mucho peor. Debimos limpiar y limpiar los hogares mojados. Nos sentíamos muy mal. Sobre todo los primeros días, terribles y duros.
Para colmo la lluvia, aunque no tan fuerte, seguía cayendo.
Todos nos queríamos ir de esos lugares que tantos recuerdos malos nos traían. Pero tuvimos que resignarnos, prendernos de la esperanza y volver a empezar.