MELINA MENGHINI
Esa mañana llovía sin parar. El agua no cesaba. Fluía por las calles de la ciudad buscando un lugar bajo donde detenerse. Unas zanjas trataban de conducirla hacia su destino.
La gente empezó a alarmarse cuando el agua se introdujo en sus casas.
Las personas, desesperadas, salían a buscar bolsas de arena y trataban de destapar los desagües. Pero ya era tarde. El agua subía y subía hasta envolverlo todo. Así perdieron cosas que no podrán recuperar más que con muchísimo esfuerzo mientras que, en las zonas más altas, la gente se alegraba de no tener que vivir esa tragedia.
Los inundados escapaban de sus casas. Mojados, corrían buscando lugares secos. Sucios y hambrientos salían por las calles pidiendo trozos de pan para comer porque algunos salieron con lo puesto y lo poco que podían cargar.
Pero todavía faltaba lo peor.
Cuando pudieron sacar el agua con ayuda de las bombas y regresaron a sus casas, las paredes estaban llenas de musgo y de hongos, aparte del olor a pudrición que parecía estar pegado al aire.
Entonces, cuando la gente ve todas sus cosas estropeadas, es cuando no sabe qué hacer: si tirar todo por la ventana y olvidarse de lo ocurrido o reclamar por sus derechos como ciudadano. Es difícil. Hay que volver a armarse de ganas y de esperanza para comenzar nuevamente.
Todos quieren tener de nuevo una vida, un lugar donde vivir, dormir y caminar. Pero es como si el clima de afuera se confundiera con el clima de adentro. Todo está frío, silencioso, tenso y hay mal olor. Es como si escucharan una voz que les pide que intenten sacar lo que todavía mantienen guardado en un lugarcito escondido para poder salir de nuevo a la luz.
Por eso contar lo que pasó nos hace bien. Nos limpia por adentro igual que a las casas. Para continuar con nuestras vidas. Para poder volver a empezar.
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