VALENTÍN MOLINA
Un día me desperté en el Hospital de Niños. Miré por la ventana y ví que llovía fuertísimo y sin parar. Se escuchaban los truenos y parecía que un rayo iba a caer sobre mi cabeza.El agua corría por las calles buscando los lugares bajos. Cuando llegaba al barrio comenzaba a acumularse y a subir. Entonces la gente que se inundaba era cada vez más.
Las sucias orillas hacían que el camino fuera más difícil de recorrer. Asustadas, angustiadas, las familias cargaban lo que podían y huían a pie, en carros, en autos, en motos, en canoas. Hasta los pájaros escapaban hacia los árboles más altos.
Todos buscaban un lugar donde sentirse seguros. Un lugar donde refugiarse y recibir la atención que necesitaban.
Algunos de los centros donde fueron eran sucios, no tenían luz, les dejaban una vela para toda la noche, la comida era horrible y los trataban mal. Pero otros fueron a las escuelas porque sabían que las maestras los trataban bien.
Después de muchos días regresaron a sus casas. El olor era feo, había mugre, barro y caca en las paredes. Los muebles que tiraban a la calle formaban una montaña. Modulares, sillas, mesas, roperos, camas, ropa, electrodomésticos.
Lo peor era limpiar las paredes y los pisos porque el olor te descomponía. Gastaron mucho dinero para comprar lavandina, detergente y desinfectante porque nadie los ayudaba con nada y entonces demoraban días y días para poder limpiarla tan bien como para regresar.
Para colmo el clima era feo y tenían que andar rogando para que no llueva.
De todos modos la llovizna era muy fuerte y los ponía nerviosos y malhumorados.
Pero lo más peor era pasar de nuevo por la misma situación.
Perder todo de vuelta y volver a empezar de cero después de cuatro años, era muy triste.
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