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CRÓNICA DE UNA TRAGEDIA

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MELINA MENGHINI

MELINA MENGHINI Esa mañana llovía sin parar. El agua no cesaba. Fluía por las calles de la ciudad buscando un lugar bajo donde detenerse.
Unas zanjas trataban de conducirla hacia su destino.
La gente empezó a alarmarse cuando el agua se introdujo en sus casas.
Las personas, desesperadas, salían a buscar bolsas de arena y trataban de destapar los desagües. Pero ya era tarde. El agua subía y subía hasta envolverlo todo. Así perdieron cosas que no podrán recuperar más que con muchísimo esfuerzo mientras que, en las zonas más altas, la gente se alegraba de no tener que vivir esa tragedia.
Los inundados escapaban de sus casas. Mojados, corrían buscando lugares secos. Sucios y hambrientos salían por las calles pidiendo trozos de pan para comer porque algunos salieron con lo puesto y lo poco que podían cargar.
Pero todavía faltaba lo peor.
Cuando pudieron sacar el agua con ayuda de las bombas y regresaron a sus casas, las paredes estaban llenas de musgo y de hongos, aparte del olor a pudrición que parecía estar pegado al aire.
Entonces, cuando la gente ve todas sus cosas estropeadas, es cuando no sabe qué hacer: si tirar todo por la ventana y olvidarse de lo ocurrido o reclamar por sus derechos como ciudadano. Es difícil. Hay que volver a armarse de ganas y de esperanza para comenzar nuevamente.
Todos quieren tener de nuevo una vida, un lugar donde vivir, dormir y caminar. Pero es como si el clima de afuera se confundiera con el clima de adentro. Todo está frío, silencioso, tenso y hay mal olor. Es como si escucharan una voz que les pide que intenten sacar lo que todavía mantienen guardado en un lugarcito escondido para poder salir de nuevo a la luz.
Por eso contar lo que pasó nos hace bien. Nos limpia por adentro igual que a las casas. Para continuar con nuestras vidas. Para poder volver a empezar.

YÉSSICA MARTÍNEZ

YÉSSICA MARTÍNEZ Una mañana me levanté para ir al colegio y cuando estaba en camino se largó un fuerte chaparrón.
Las nubes oscuras tapaban el sol que salía cada mañana. Los fuertes truenos se escuchaban y los árboles mojados extrañaban tener, como siempre, los pájaros parados en sus ramas largas y con muchas hojas.
En un descuido del tiempo, los pájaros aprovechaban para regresar a sus nidos.
Pero el agua creció y creció hasta que la gente, desesperada, corría por las calles inundadas y los hombres corrían a matar chanchos entre el agua sucia. Buscaban comida para unos cuantos días y cargaban sus cosas en carros, en autos, en canoas, en hombros, para irse lo más lejos posible y estar un poco más tranquilos.
Tuvimos que estar muchos días fuera de la casa y el primer día que llegamos a limpiar, el agua había destrozado todo. Los muebles quedaron hinchados y desde las paredes húmedas llegaba mucho mal olor.
La llovizna no ayudaba para nada.
El tiempo, un día estaba lindo y un día feo, con nubes muy negras.
Nosotros limpiábamos y al otro día había tanta humedad que ya no sabíamos qué hacer.
Estas inundaciones traen mucha tristeza.
Y cada vez la gente tiene más miedo.

BRIAN MOLL

BRIAN MOLL Una mañana me fui a la escuela. Estaba lloviendo.
Yo veía la lluvia mojar las antenas, los árboles, las terrazas. Escuchaba el ruido del agua golpeando la ventana. Veía los pájaros desesperados por encontrar sus nidos. Observaba como las nubes tapaban el cielo pintándolo de gris y las hojas de los fresnos empapadas por la lluvia ciega.
El agua se deslizaba por las calles inundando los zanjones. Los charcos formados se hacían cada vez más grandes, se transformaban en lagos donde la masa líquida se detenía.
Entonces, comenzó la inundación que entraba y rompía las cosas de las casas.
La gente, desesperada, corría por las calles cubiertas de agua. Salían en canoas entre el agua contaminada buscando un lugar donde evacuarse. Y, luego, buscaban colchones y abrigos que los protegieran del frío.
Unas semanas más tarde regresaron y encontraron todo roto, todo sucio. Las paredes que antes eran blancas estaban todas verdes y despedían mal olor. Los muebles y electrodomésticos estaban tirados, rotos y las camas, la ropa, desparramadas por toda la casa.
Para colmo el clima no mejoraba. El día estaba nublado y ni siquiera podían sacar las cosas a secar porque llovía de a ratos.
Enojados por tener que volver a pasar por lo que habían pasado, sentían un sentimiento de pena por haber perdido todo nuevamente cuando todavía no habían podido recuperar lo de antes.

VALENTÍN MOLINA

VALENTÍN MOLINA Un día me desperté en el Hospital de Niños. Miré por la ventana y ví que llovía fuertísimo y sin parar. Se escuchaban los truenos y parecía que un rayo iba a caer sobre mi cabeza.
El agua corría por las calles buscando los lugares bajos. Cuando llegaba al barrio comenzaba a acumularse y a subir. Entonces la gente que se inundaba era cada vez más.
Las sucias orillas hacían que el camino fuera más difícil de recorrer. Asustadas, angustiadas, las familias cargaban lo que podían y huían a pie, en carros, en autos, en motos, en canoas. Hasta los pájaros escapaban hacia los árboles más altos.
Todos buscaban un lugar donde sentirse seguros. Un lugar donde refugiarse y recibir la atención que necesitaban.
Algunos de los centros donde fueron eran sucios, no tenían luz, les dejaban una vela para toda la noche, la comida era horrible y los trataban mal. Pero otros fueron a las escuelas porque sabían que las maestras los trataban bien.
Después de muchos días regresaron a sus casas. El olor era feo, había mugre, barro y caca en las paredes. Los muebles que tiraban a la calle formaban una montaña. Modulares, sillas, mesas, roperos, camas, ropa, electrodomésticos.
Lo peor era limpiar las paredes y los pisos porque el olor te descomponía. Gastaron mucho dinero para comprar lavandina, detergente y desinfectante porque nadie los ayudaba con nada y entonces demoraban días y días para poder limpiarla tan bien como para regresar.
Para colmo el clima era feo y tenían que andar rogando para que no llueva.
De todos modos la llovizna era muy fuerte y los ponía nerviosos y malhumorados.
Pero lo más peor era pasar de nuevo por la misma situación.
Perder todo de vuelta y volver a empezar de cero después de cuatro años, era muy triste.

NICOLÁS NEGRETE

NICOLÁS NEGRETE Una tarde comenzó a llover con furia.
Los pájaros empapados trataban de salvar a sus pichones. Caían sobre las personas y los techos gotas de regular tamaño.
Enormes relámpagos iluminaban el cielo cubierto por grandes nubes grises.
Niños mojados jugaban en la calle.
Luego de dos días de agua corriendo hacia los reservorios buscando una salida, en los barrios más bajos de la ciudad comenzó a acumularse. Los desagües tapados no le permitían el paso.
Entonces las familias salieron de sus casas y empezaron a organizarse para abandonar todo, para autoevaluarse. Las madres con sus hijos y bolsos caminaban por las calles de Santa Fe con el alma y la mirada muy triste.
Buscaban algunas propiedades abandonadas para habitar en ellas. En camionetas, autos, camiones prestados, camiones de mudanza y carros tirados por caballos llevaban sus pertenencias hacia algún centro de evacuados. Se quedaban despiertos toda la noche pensando en esta catástrofe y en el sufrimiento repetido que también deberían soportar sus hijos cuando fueran grandes.
Muchos volvían a cuidar que no les roben lo poco que habían dejado en sus techos. Muebles, camas, electrodomésticos, cosas que habían comprado con un sueldo que no alcanzaba casi para nada.
En otra parte de la provincia, lloraban por la noche los campesinos por la pérdida de los sembrados, por sus animales hundidos en el barro y por su hogar humilde arrastrado por el agua al igual que la alegría y la esperanza.
Luego de dos semanas de lluvias y tormentas, finalmente pudieron regresar a sus casas.
Tristes por las pérdidas y felices porque el agua se había ido.
Durante el retorno a sus hogares, pensaban en que ya no podrían volver a confiar en ninguna promesa.
Con las pocas fuerzas que les quedaban regresaron para empezar de nuevo. Solamente la mugre los esperaba. Juntaron, barrieron, desinfectaron y sufrieron en silencio por sus paredes húmedas y sus casas otra vez sin nada. Vacías, ahogadas por las mentiras de los políticos

MAURO MALDONADO

MAURO MALDONADO Era una mañana de lluvia, en Santa Fe.
Los pájaros se refugiaban en pequeños huecos y el estallido de los relámpagos y los truenos nos asustaban bastante.
La lluvia sin calma mojaba techos, antenas y árboles. Parecía que las nubes negras se despojaban, de a poco, de sí mismas.
El agua estaba anegando los barrios. Corría, fría y sin piedad, destrozando todo lo que a su paso se le ponía. Buscaba lugares bajos donde detenerse y, luego, continuar hacia el río. Pero se estancó y comenzó a subir rápidamente, sin poder escapar porque los desagües estaban tapados.
La mayoría de las bombas extractoras estaban fuera de servicio.
Y así sufrimos la segunda inundación.
La gente autoevacuada estaba desesperada por haber tenido que marcharse de sus viviendas, dejando todo atrás.
Se impacientaban por sus hijos, sus mascotas y sus pertenencias.
Sin respuestas por sus propiedades, esperaban el día en que pudiesen retornar a sus hogares.
Y cuando finalmente llegó, el retorno más esperado fue también el más difícil.
Volvían desesperanzados y defraudados por todo lo ocurrido.
Cuando entraban a sus hogares veían muchos años de trabajo perdidos para siempre.
Tuvimos que limpiar mucha basura y tirar todo lo que había echado a perder.
Fue un retorno muy esperado pero muy difícil de superar.