FACUNDO SAMBRA
Una tarde comenzó a llover con furia.
Los pájaros empapados trataban de salvar a sus pichones. Caían sobre las personas y los techos gotas de regular tamaño.
Enormes relámpagos iluminaban el cielo cubierto por grandes nubes grises.
Niños mojados jugaban en la calle.
Luego de dos días de agua corriendo hacia los reservorios buscando una salida, en los barrios más bajos de la ciudad comenzó a acumularse. Los desagües tapados no le permitían el paso.
Entonces las familias salieron de sus casas y empezaron a organizarse para abandonar todo, para autoevaluarse. Las madres con sus hijos y bolsos caminaban por las calles de Santa Fe con el alma y la mirada muy triste.
Buscaban algunas propiedades abandonadas para habitar en ellas. En camionetas, autos, camiones prestados, camiones de mudanza y carros tirados por caballos llevaban sus pertenencias hacia algún centro de evacuados. Se quedaban despiertos toda la noche pensando en esta catástrofe y en el sufrimiento repetido que también deberían soportar sus hijos cuando fueran grandes.
Muchos volvían a cuidar que no les roben lo poco que habían dejado en sus techos. Muebles, camas, electrodomésticos, cosas que habían comprado con un sueldo que no alcanzaba casi para nada.
En otra parte de la provincia, lloraban por la noche los campesinos por la pérdida de los sembrados, por sus animales hundidos en el barro y por su hogar humilde arrastrado por el agua al igual que la alegría y la esperanza.
Luego de dos semanas de lluvias y tormentas, finalmente pudieron regresar a sus casas.
Tristes por las pérdidas y felices porque el agua se había ido.
Durante el retorno a sus hogares, pensaban en que ya no podrían volver a confiar en ninguna promesa.
Con las pocas fuerzas que les quedaban regresaron para empezar de nuevo. Solamente la mugre los esperaba. Juntaron, barrieron, desinfectaron y sufrieron en silencio por sus paredes húmedas y sus casas otra vez sin nada. Vacías, ahogadas por las mentiras de los políticos
Era una mañana de lluvia, en Santa Fe.
Los pájaros se refugiaban en pequeños huecos y el estallido de los relámpagos y los truenos nos asustaban bastante.
La lluvia sin calma mojaba techos, antenas y árboles. Parecía que las nubes negras se despojaban, de a poco, de sí mismas.
El agua estaba anegando los barrios. Corría, fría y sin piedad, destrozando todo lo que a su paso se le ponía. Buscaba lugares bajos donde detenerse y, luego, continuar hacia el río. Pero se estancó y comenzó a subir rápidamente, sin poder escapar porque los desagües estaban tapados.
La mayoría de las bombas extractoras estaban fuera de servicio.
Y así sufrimos la segunda inundación.
La gente autoevacuada estaba desesperada por haber tenido que marcharse de sus viviendas, dejando todo atrás.
Se impacientaban por sus hijos, sus mascotas y sus pertenencias.
Sin respuestas por sus propiedades, esperaban el día en que pudiesen retornar a sus hogares.
Y cuando finalmente llegó, el retorno más esperado fue también el más difícil.
Volvían desesperanzados y defraudados por todo lo ocurrido.
Cuando entraban a sus hogares veían muchos años de trabajo perdidos para siempre.
Tuvimos que limpiar mucha basura y tirar todo lo que había echado a perder.
Fue un retorno muy esperado pero muy difícil de superar.
Los relámpagos, de vez en cuando, te encandilaban. Volaban buscando donde refugiarse los pájaros empapados. Mojados de tanta lluvia estaban los techos y antenas. Las copas de los árboles lloraban porque el agua las golpeaba sin piedad. Las nubes negras daban la alarma.
El agua corría como el viento arrasando todo lo que se cruzaba. Se detenía en los lugares más bajos de la ciudad. Buscaba los desagües para irse de allí, para escaparse, y entonces se acumulaba porque la mugre de los desagües le impedía el paso. Como la lluvia continuaba, el agua subía cada vez más.
Pero la mayoría de las bombas extractoras estaban fuera de servicio porque funcionaban a base de electricidad o bien a base de combustible. Y al cortarse el suministro eléctrico como medida de seguridad ante la catástrofe hídrica y por falta de previsión en la provisión de gasoil, algunas no pudieron ponerse en marcha.
Para colmo la importante cantidad de agua caída puso en evidencia la insuficiente capacidad de otras para desagotar con mayor rapidez los barrios anegados.
Fue entonces cuando a los niños con imaginación les pareció escuchar voces en medio de la tormenta. Era la lluvia que necesitaba largarse nuevamente y unos inundados intentaban detenerla.
Ella, sorprendida les pedía que no se lo impidieran porque estaba a punto de explotar, pero ellos le explicaban que no querían perderlo todo nuevamente. Pero la lluvia no pudo detenerse y cuando terminó las casas de los inundados estaban tapadas por el agua.
Y aunque todos sabían que la lluvia también daba vida, las personas estaban muy tristes. Embalsamadas de dolor, esperaban un milagro. Recogían los restos de sus bienes con el rostro torcido por una mueca de dolor.
Los días fueron pasando hasta que llegó el más esperado.
Todos los evacuados y autoevacuados volvieron a sus casas. Tenían que empezar de nuevo, desinfectar las paredes, los pisos, comprar muebles y electrodomésticos.
Pero algunos perdieron sus hogares y tendrán que trabajar para poder recuperarlas
Una mañana comenzó a llover torrencialmente.
Las copas mojadas de los árboles se sacudían por el viento. Daba temor al pueblo las nubes grises. Unas antenas viejas y oxidadas buscaban secarse con el aire frío. Finas gotas caían sobre los techos de la ciudad.
Impedían el paso del agua los desagües tapados y, a medida que los días pasaban, el agua se estancaba en los lugares bajos y comenzaba a despedir olor. Esa acumulación de la masa líquida comenzaba a anegar barrios enteros.
Fue entonces cuando la gente comenzó a abandonar sus casas. Corrían de un lado hacia otro tratando de recuperar sus cosas y reclamaban el abastecimiento de colchones, comida y frazadas.
Los centros de evacuados respondieron medianamente ante la situación. Pero la gente continuaba reclamando decisiones de parte de sus gobernantes.
Después de quince días los inundados se vieron obligados a regresar a sus hogares. Pero se encontraban con una realidad muy desagradable. Todas sus pertenencias estaban tiradas en el piso como si un huracán hubiera pasado sobre ellas.
Los muebles se encontraban asombrosamente hinchados y algunos comenzaban a desintegrarse delante de sus ojos.
De las paredes brotaba el agua y, al secarse, formaban figuras extrañas.
La tarea más difícil fue la de limpiar todo ese desastre. Pero la fuerza de la familia ayudó, una vez más, a sobrellevar este abandono ocasionado por los que tienen que protegernos.
Un día lluvioso, en Santa Fe, comenzó a llover torrencialmente. Se escuchaban, a lo lejos, los trinos agradables de los pájaros. Caía sobre los techos de los edificios, la lluvia fría. Se movían como si estuvieran secándose, las angostas copas de los pinos. Sobre las azoteas, las negras nubes caminaban en el cielo gris.
El agua, ágil, avanzaba lentamente por las cunetas hondas y húmedas. Buscaba los terrenos bajos para poder acumularse e inundar zonas. Se detenía en lugares bloqueados por el agua sucia y olorosa. En los desagües tapados se acumulaban hojas, basura, desechos. Subía lentamente por la cantidad de lluvia caída sobre las calles.
La mayoría de las bombas extractoras estaban fuera de servicio.
Fue entonces cuando, a los niños con imaginación les pareció escuchar voces en medio de la lluvia. Escuchaban la voz de un inundado preguntándole al agua por qué lo hacía, qué habían hecho ellos de malo para merecer ese castigo de ver sus casas inundadas, mojadas sus pertenencias y sus cosas arrastradas por el barro. Y el agua le respondía que ella no tenía idea, que también el gobierno les había aconsejado que no hicieran sus casas en un terreno bajo y tan cerca del río sin que ellos hicieran caso. El hombre quiso explicarle que con el sueldo que le pagaban era difícil que pudieran vivir en un barrio mejor. Pero el agua le contestó que ese no era su problema.
La gente, con miedo, salía corriendo de sus hogares mientras el agua les mordía los talones. Una parte de ella llamaba a sus parientes, preocupados, para que los buscaran y los ayudaran. Fatigados, buscaban un refugio cercano, lejos del agua. Salían con sus pertenencias en la mano, asustados por la masa líquida que se acercaba lentamente a ellos. Se autoevacuaban en las escuelas, centros de evacuados o casas de familia.
Luego de veinte largos días, la gente, triste, regresó a sus casas, esperanzados de que el drama no vuelva a repetirse. Encima de sus cabezas, la lluvia y el cielo gris comenzaban a desaparecer.
La gente sentía enojo por todo lo ocurrido. Tanto adentro como afuera de las personas el clima era gris.
En esta ocasión, la voluntad de la gente tuvo que ser más fuerte que en las anteriores inundaciones.
Una tarde, en Santa Fe, comenzó a llover furiosamente.
Algunos pájaros volaban, pero los más pequeños se caían del nido por tener las alas mojadas.
Por el violento viento, las copas de los árboles se sacudían. Esperaban, las antenas asustadas, que deje de llover. Asombrados, los techos lloraban sus miedos.
El agua, fría y cautivante, corría hacia los lugares más bajos. La gente desesperada buscaba un refugio cálido y seco para su familia. Las botellas y bidones plásticos tapaban las bocas de tormenta. Así fue como, en las calles más bajas, el agua se acumulaba ocasionando inundaciones. Como el agua subía, la mayoría de la gente comenzó a abandonar sus hogares.
Los inundados comenzaron a pedir al gobierno el auxilio de las bombas extractoras, pero no estaban en funcionamiento.
Entonces, la gente se sintió desesperada y abandonada y comenzó a buscar un lugar dónde evacuarse. Estaban todos mojados y no tenían ropa para cambiarse. Sucios, esperaban que donen ropa a los centros de evacuación. Pero muchos de ellos, asustados, subían a los techos para quedarse a cuidar su casa.
Luego de muchos días debieron regresar a sus hogares. Veían con tristeza la mugre encerrada en ellos y no soportaban ver tantos muebles rotos arrojados sobre las calles barrosas.
Ante la crisis, mucha gente marchó a protestar contra los gobernantes. Cortaron calles y quemaron cubiertas. Acumulaban quejas y reproches hasta que les prometieron solucionar lo sucedido.
Pero ellos ya no les creen
Una mañana, en la ciudad de Santa Fe, empezó a llover torrencialmente.
Las copas de los árboles absorbían en agua de la lluvia. Los pájaros huían hacia sus nidos. Las gotas gigantes golpeaban en el techo de la escuela mientras los rayos chocaban en las antenas de los edificios y brillaban los relámpagos en el cielo lluvioso.
El agua avanzaba con desesperación hacia los lugares más bajos. Corría por los zanjones de mi barrio buscando una salida. El agua sucia se detenía a causa de los desagües tapados con botellas de plástico y basura. Se acumulaba rápidamente en un espacio y después subía con lentitud.
La mayoría de las bombas extractoras estaba fuera de servicio.
Fue entonces cuando algunos niños creyeron escuchar voces en la tormenta. Parecía que un inundado le preguntaba al agua por qué le hacía tanto daño. Fue en ese momento cuando el agua le contestó que ella no tenía la culpa. Pero el hombre, desesperado, le exigía el nombre del culpable. Hasta que el agua acusó a los seres humanos, especialmente el gobierno, por no destapar los desagües y no poner en funcionamiento las bombas extractoras. Pero al hombre solamente se lamentaba por sus pérdidas.
Pocas horas después la gente, desconsolada, salió de sus viviendas a buscar un lugar donde autoevaluarse. Se ayudaban unos a otros sacando sus cosas en lanchas, bolsos y canoas.
Algunos se quedaban a cuidar de sus cosas mientras otros salían a averiguar sobre lugares dónde quedarse hasta que baje el agua.
En los centros de evacuados esperaban una ayuda que siempre les llegaba tarde y recordaban a sus familiares que habían quedado encima de los techos.
Finalmente la lluvia seguía y seguía haciendo su trabajo y se nos hacía difícil regresar a nuestras casas llenas de olor y de humedad.
Tuvimos que esperar algunos días más y luego ir a limpiar bien.
Cuando llegamos había mucha mugre, animales, muertos, de todo un poco. Empezamos a limpiar, pero estuvimos cinco días sin luz y cada día que llovía teníamos mucho miedo.