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CRÓNICA DE UNA TRAGEDIA

ROBERTO MALATESTA (escritor santafesino)

ROBERTO MALATESTA (escritor santafesino)

Y el río crece

Advierto que no tengo tinta ni papel
y el río crece. Para mí y para mi perro
lo único seguro es el techo de la casa.
Quiero gritar, pero mi grito es tinta
y no tengo papel donde derramarlo.
Miro el cielo: Llovizna. Detrás de la llovizna
veo la cara húmeda de Dios.
Brilla su oscuridad, su penumbra luminosa.
Me digo: —aún tengo Dios— y me doy bríos.
Descubro que después del papel,
aunque mucho más alto, está Dios,
y sinceramente agradezco.
Dije una plegaria que no recuerdo.
La hubiera escrito, no importa,
todos los hombres la saben,
llegado el momento.

Es difícil abstraerse del tema

Es difícil abstraerse del tema,
ya casi lo estoy odiando.
Ahora las máquinas limpian
el último cúmulo de basura en la calle:
muebles destrozados, colchones irrecuperables,
papeles embarrados que una vez fueron libros,
restos no identificables que a un hogar
sirvieron de útil sustento.
Ahora la calle se limpia pero
no tardará en salir otro vecino y echará
otra torre de basura húmeda y podrida a la calle.
Nadie sabe cuando terminará esto,
al menos las casas
recuperan cierto vacío donde las mentes
buscan salud: desnudez después del desastre.
Esta gente sabe, conoce por años lo que es vivir
en lo inestable, en lo inseguro,
y persisten,
limpian la casa y vuelven,
se adelantan a todo vaticinio, a la tristeza misma
y resuelven vivir.
Yo no sé cuando abandonaré este tema,
será hasta que ya no quede basura por expulsar,
y un silencio blanco y saludable me devuelva al sol
de una apacible tarde.

MELINA MENGHINI

MELINA MENGHINI

Esa mañana llovía sin parar. El agua no cesaba. Fluía por las calles de la ciudad buscando un lugar bajo donde detenerse.
Unas zanjas trataban de conducirla hacia su destino.
La gente empezó a alarmarse cuando el agua se introdujo en sus casas.
Las personas, desesperadas, salían a buscar bolsas de arena y trataban de destapar los desagües. Pero ya era tarde. El agua subía y subía hasta envolverlo todo. Así perdieron cosas que no podrán recuperar más que con muchísimo esfuerzo mientras que, en las zonas más altas, la gente se alegraba de no tener que vivir esa tragedia.
Los inundados escapaban de sus casas. Mojados, corrían buscando lugares secos. Sucios y hambrientos salían por las calles pidiendo trozos de pan para comer porque algunos salieron con lo puesto y lo poco que podían cargar.
Pero todavía faltaba lo peor.
Cuando pudieron sacar el agua con ayuda de las bombas y regresaron a sus casas, las paredes estaban llenas de musgo y de hongos, aparte del olor a pudrición que parecía estar pegado al aire.
Entonces, cuando la gente ve todas sus cosas estropeadas, es cuando no sabe qué hacer: si tirar todo por la ventana y olvidarse de lo ocurrido o reclamar por sus derechos como ciudadano. Es difícil. Hay que volver a armarse de ganas y de esperanza para comenzar nuevamente.
Todos quieren tener de nuevo una vida, un lugar donde vivir, dormir y caminar. Pero es como si el clima de afuera se confundiera con el clima de adentro. Todo está frío, silencioso, tenso y hay mal olor. Es como si escucharan una voz que les pide que intenten sacar lo que todavía mantienen guardado en un lugarcito escondido para poder salir de nuevo a la luz.
Por eso contar lo que pasó nos hace bien. Nos limpia por adentro igual que a las casas. Para continuar con nuestras vidas. Para poder volver a empezar.

LAILA SILVÁN

LAILA SILVÁN

MARA PIANETTI

MARA PIANETTI

Una mañana, en Santa Fe, se largó una fuerte tormenta. Los truenos, ruidosos, sorprendían a las personas que contemplaban detrás de las ventanas. Los cables eléctricos sufrían la presencia de la lluvia mientras los tejados, mojados, miraban con asombro la prisa de los pájaros que volaban hacia sus nidos y los árboles altos atraían la furia de los relámpagos.
Enseguida el agua comenzó a deslizarse buscando un lugar donde detener su camino. En ese instante los charcos comenzaron a agrandarse y el agua a subir cada vez más.
Los desagües se tapaban por los desechos residuales, algunas hojas, etc, que estaba depositados en las calles. De esta manera el agua comenzó a inundar las zonas más bajas de la ciudad.
Las gentes, desesperadas, corrían por las calles inundadas y se autoevacuaban en escuelas o en clubes donde convivían con otras familias y todos estaban muy nerviosos y preocupados.
Quince días más tarde, el gobierno les ordenó abandonar las escuelas. Hacía mucho frío y el cielo estaba nublado. Al volver a sus casas, se encontraron con una trágica realidad donde los electrodomésticos, las ropas y los muebles, estaban todos arruinados.
Tenían que empezar de nuevo en medio de paredes estropeadas por la humedad, rompiendo los revoques hasta llegar al ladrillo, dejando secar por un tiempo y después volviendo a revocar.
Algunos quedaron sin esperanzas y otros intentan reconstruir su vida.

MARÍA LUISA PERRI

MARÍA LUISA PERRI

MARÍA PAULA PÉREZ

MARÍA PAULA PÉREZ

Un día me levanté de la cama, me asomé por la ventana y ví como caían las suaves y finas gotas de la lluvia.
Enormes relámpagos iluminaban campos amplios e inundados. Los árboles se balanceaban de un lado a otro mientras las hojas volaban en el viento.
Era hermoso.
Pero la lluvia no paraba.
El agua escapaba por las calles hacia el oeste mientras las zanjas empezaban a rebalsar y a armar charcos gigantes en las calles. Los campos de los alrededores no podían absorber más agua y empezaban a formarse lagos interminables junto a las rutas.
La inundación comenzaba a desesperar a las personas.
La gente partió de sus casas hacia el refugio de los centros de evacuados. Todas mojadas, algunas familias preferían tomar prestadas las casas que estaban a la venta o en alquiler.
Dicen que recibieron colchones y abrigo. Dicen que la comida llegaba muy tarde y que pasaron hambre. Dicen que las escuelas hicieron todo lo que pudieron. Dicen que rompieron todos los lugares donde les dieron alojamiento.
Pero el regreso se les hizo muy difícil. El clima no mejoraba. Seguía nublado y lluvioso. Las casas estaban sucias, manchadas, mugrientas.
El panorama era desolador.
La humedad brotaba de las paredes y todos los muebles que quedaron dentro estaban en pésimas condiciones.
La gente está agobiada y desilusionada.

JACKELINE PERALTA

JACKELINE PERALTA

El tiempo no ayudaba a las personas. La lluvia hacía que el agua corriera hacia la zona más baja pero los desagües tapados hacían que se estancara y las bombas extractoras rotas no podían pasarla hacia el río.
Las personas estaban traumadas y no sabían para donde caminar.
Cuando volvieron las paredes de la casa estaban llenas de humedad. La mayoría de los muebles tuvieron que tirarse a la calle. Las maderas que cubrían las paredes comenzaron a despedir mal olor.
Los niños quedaban con la imagen de la inundación grabada en la mirada.
Y mi abuelo cuando ve agua se desespera.

YÉSSICA MARTÍNEZ

YÉSSICA MARTÍNEZ

Una mañana me levanté para ir al colegio y cuando estaba en camino se largó un fuerte chaparrón.
Las nubes oscuras tapaban el sol que salía cada mañana. Los fuertes truenos se escuchaban y los árboles mojados extrañaban tener, como siempre, los pájaros parados en sus ramas largas y con muchas hojas.
En un descuido del tiempo, los pájaros aprovechaban para regresar a sus nidos.
Pero el agua creció y creció hasta que la gente, desesperada, corría por las calles inundadas y los hombres corrían a matar chanchos entre el agua sucia. Buscaban comida para unos cuantos días y cargaban sus cosas en carros, en autos, en canoas, en hombros, para irse lo más lejos posible y estar un poco más tranquilos.
Tuvimos que estar muchos días fuera de la casa y el primer día que llegamos a limpiar, el agua había destrozado todo. Los muebles quedaron hinchados y desde las paredes húmedas llegaba mucho mal olor.
La llovizna no ayudaba para nada.
El tiempo, un día estaba lindo y un día feo, con nubes muy negras.
Nosotros limpiábamos y al otro día había tanta humedad que ya no sabíamos qué hacer.
Estas inundaciones traen mucha tristeza.
Y cada vez la gente tiene más miedo.

MICAELA LENCINA

MICAELA LENCINA

Una mañana había comenzado a llover sobre la ciudad de Santa Fe.
Yo miraba por la ventana y veía como el cielo gris goteaba y mojaba las antenas de televisión. También veía que las aves permanecían bajo la copa de los árboles esperando que la lluvia brillante se calmara, mientras las gotas de la lluvia continuaban mojando las chimeneas y humedeciendo las paredes. Los rayos iluminaban el cielo gris y, a lo lejos, se oían unos truenos muy fuertes.
El agua se desplazaba con fuerza y arrasaba los desechos que estaban tirados en la calle. Las zanjas se llenaban de mugre y se tapaban y el agua buscaba lugares más bajos para desagitar y no encontraba donde y se estancaba.
Como la lluvia seguía y nunca paraba, la ciudad se empezó a ver como un lago.
Entonces la ciudad se inundó y la gente no pudo sacar nada.
Pobre y hambrienta, corría bajo la luz del cielo buscando lugares donde poder evacuarse. Otros salían en botes o fabricaban balsas para salvar lo que fuera posible.
Una vez evacuados se sintieron mejor porque les daban de comer y un techo para dormir.
Pero lo peor faltaba por venir. Pasada la lluvia, debían regresar para encontrarse con el desastre, con las pérdidas, con la mugre.

DENISE FALCO

DENISE FALCO

Debajo de las ramas del pino, nidos y pájaros se cubrían de las gotas frías de la lluvia.
Sobre las terrazas de los edificios mojaba cada rincón la lluvia azul.
Un relámpago iluminaba el cielo con su luz brillante y se escuchaban los ruidos impactantes que lo seguían.
A lo lejos la gente, asustada, buscaba donde pasar la noche. Salían con bolsas de ropa y criaturas en brazos. Y una vez evacuados intentaban comunicarse con sus familiares. Lloraban de desesperación y de miedo al tener que dejar sus casas y sus cosas desprotegidas.

NATALÍ CHÁVES

NATALÍ CHÁVES

En la escuela, yo observaba las antenas mojándose con las gotas de la lluvia. Muchas luces atravesaban el cielo y, después, se escuchaban los truenos. Los techos resonaban bajo el agua salvaje. De a ratos pasaban muchos pájaros que aprovechaban un descuido del clima para ir a buscar comida. Era una lluvia ciega.
Al mediodía regresé a casa para estar todos juntos. Pero seguía lloviendo y las bombas no andaban.
La masa líquida fue muy malvada. Arrasó con todo y destruyó los elementos que quedaron más bajos. Por suerte, alcancé a poner mis útiles en la cucheta de arriba y no se mojaron.
El agua comenzó a acumularse adentro de mi casa y no nos dio tiempo para poder salir ni levantar las cosas. ¡Fue tan triste!
La gente salía abrazada a sus bolsas por las calles llenas de agua. Huía del barrio y buscaba donde autoevaluarse. Se llevaba los chicos sobre los hombros. Algunos hombres intentaban salvar a sus autos y otros se quedaban mirando como les entraba el agua sin hacer nada.
Y la gente estaba tan preocupada por sus hijos y furiosa porque siempre les pasa lo mismo que usurpaban casas sin ponerse a pensar si estaba bien o no.
Quince días más tarde, las bombas que nos prestaron otras provincias habían enviado toda el agua hacia el Salado y el gobierno ordenó que desocuparan las escuelas.
Había que regresar a casa. Pero era difícil. Muy difícil.
Las calles malolientes estaban sucias y había mucho barro. Las paredes de mi casa quedaron muy manchadas y, algunas, rajadas. Los muebles que no eran de algarrobo no servían más. Pero los muebles de algarrobo son muy caros.
Para colmo el clima no ayudaba porque seguía tormentoso y triste. Un día para acompañar la tristeza que la gente tenía por dentro mientras limpiaba su casa, tiraba los muebles que compraron con tanto esfuerzo.
Mi mamá se sentía muy mal porque tuvo que tirar casi toda la ropa. Desesperado estaba mi papá porque no sabía qué se podría arreglar y qué había que tirar. Y yo estaba tan nerviosa que lloraba sobre la ropa toda manchada y podrida.

MILAGROS BUDIÑO

MILAGROS BUDIÑO

Una mañana el cielo estaba gris y maduro. Una antena arriba del techo y las hojas empapadas del árbol parecían esperar el regreso del sol. Se escuchaban truenos a lo lejos pero yo no tenía miedo. No pensaba en que pasaría algo tan malo como lo que pasó.
Apenas paraba, los pájaros aprovechaban para buscar comida y arreglar sus nidos. Pero el agua caía de nuevo. Cada vez con más fuerza.
Cuando llenó el patio de la escuela, comenzó a correr por la orilla de la calle en dirección al oeste.
Cada vez corría con más fuerza hacia los barrios bajos.
Cuando la gente supo que las bombas extractoras no funcionaban supo que se venía otra inundación y empezó a escaparse entre e agua podrida.
Estaban tristes por sus familias. Algunos chicos lloraban con desesperación. Otros vecinos buscaban fletes para salvar sus cosas y encontrar un lugar donde alojarse.
Quince días pasaron hasta que las bombas sacaron el agua y se pudo regresar a ver cómo las paredes mostraban las marcas de los hongos.
El clima exterior estaba tormentoso, lluvioso, frío. Casi no te daba tiempo a limpiar. Y todos empezamos a toser por la humedad. Y a algunos chicos les salieron granos.

YAMILA BENÍTEZ

YAMILA BENÍTEZ

Hace unos pocos días, en mi barrio, empezó a llover torrencialmente hasta inundar las calles.
Las copas de los árboles bailaban al compás del viento mientras el agua escandalosa caía sobre los techos. Los relámpagos iluminaban el cielo y, en un descuido de la lluvia, los pájaros regresaban rápidamente a sus nidos.
Las familias se parecían a los pájaros, unas trataban de escapar del clima y otras volvían a quedarse encima de los techos para cuidar que el agua no les rompiera todo.
Pero cuando todo hubo pasado. El regreso al nido no fue tan fácil como hubiéramos querido.

MARÍA SOL BARRIOS

MARÍA SOL BARRIOS

Hace ya un tiempo empezó a llover torrencialmente hasta inundar las calles de los barrios más bajos de Santa Fe.
La lluvia escandalosa mojaba a cuanto pájaro pasaba por allí, caía sobre los techos de las casas. Los relámpagos cortaban el cielo pero los pájaros insistían en regresar a sus nidos.
La gente comenzó a nadar desesperadamente en el agua sucia tratando de recuperar las cosas que estaban a su alcance.
Mientras esperaban la noticia de que las bombas extractoras funcionaran finalmente y el agua comenzara a bajar, los hombres, empapados, protegían sus casas sumergidas en la mugre. Únicamente los acompañaban sus perros que tenían los hocicos húmedos y temblaban de frío. Comían cuando su familia les hacía llegar alimento por medio de amigos que tenían canoas.

MAURO SOLÍS

MAURO SOLÍS

Hacía ya muchos días que las gotas ágiles caían sobre Santa Fe y mojaba las antenas de televisión. Las gotas abrillantadas caían sobre los techos de las casas. Cuando paraba de llover, los pájaros aprovechaban el descuido del mal clima para buscar comida o para esconderse.
El agua bañaba las copas de los árboles. Las gotas, llevadas por el viento, golpeaban contra las paredes y movían a los árboles.
El agua de la lluvia empezó a buscar los lugares más bajos de la ciudad. A los costados de la calle, las zanjas arrastraban la mugre. Algunos charcos barrosos se iban transformando en enormes lagos que ocultaban el peligro. Todos los desagües estaban tapados con botellas plásticas, con bolsas de nylon, con ropas viejas y ayudaron a inundarnos.
Algunas personas aterrorizaban a otras con noticias del agua.
La pobre gente corría en medio de la suciedad, tratando de alejarse de ella. Desesperada, buscaba dónde evacuarse. Bañada por la lluvia, llevaba sus bolsones llenos de ropa y alimentos para sobrevivir. Otras personas los ayudaban.
Después de dos semanas pudimos regresar.
Al llegar encontramos mucha mugre en el piso. Las paredes estaban manchadas y sucias y el machimbre hinchado. Los muebles, el cielorraso y las puertas, todos golpeados por las cosas que flotaban.
El cielo estaba lleno de nubes negras.
Yo no podía dejar de pensar en lo que sucedería con nosotros y el miedo se apoderaba de mí. Estábamos mojados, hambrientos y con una gran tristeza por compañía. Pero seguimos guardando en nosotros la esperanza de volver a empezar.

LUCAS RUIZ MORENO

LUCAS RUIZ MORENO

El 29 de marzo, cuando me levanté, la lluvia atormentaba a mi ciudad.
Las copas de los árboles se mojaban sin cesar. Los truenos sonaban a lo lejos. Los rayos ciegos no se fijaban donde caían y los pájaros, muy asustados, regresaban a sus nidos.
El agua corría rápidamente por la calle buscando los lugares más bajos. Porque los charcos no se detenían en su crecimiento. Algunos ya eran verdaderos lagos.
La inundación había comenzado.
Las pobres familias corrían con lo poco que podían salvar. Asustadas, sacaban sus cosas en carros, los llenaban con ropa, electrodomésticos y colchones.
Algunas, desesperadas, buscaban alimento para soportar los días que iban a estar arriba de los techos. Otras preferían escapar a toda prisa del agua contaminada.

RUBÉN SILVA

RUBÉN SILVA

Hace unos días, en Santa Rosa, empezó a llover torrencialmente hasta inundar todas las calles.
Una lluvia escandalosa mojaba a las antenas y las puntas de los árboles bailaban como rockanroleros agitando sus cabezas verdes.
Golpeaba con fuerza contra los techos de las casas mientras los rayos iluminaban todo y, en un descuido del tiempo, los pájaros aprovechaban para ir a sus nidos.
La mayoría de las bombas extractoras estaban fuera de servicio.
Entonces el agua fue subiendo y subiendo hasta que se detuvo en un solo lugar.
Los pozos rebalsaban y largaban toda su pudrición hacia las casas.
La gente escapaba en botes anfibios. Algunos, desesperados, subían a los techos y veían cómo subía el agua y los chicos, traumados, intentaban salir en piraguas o canoas.
Así abandonaron todo hasta que un día les ordenaron regresar.
Nublado y lluvioso, ni siquiera el tiempo les daba una oportunidad para regresar a limpiar ese desastre de sillas rotas, de muebles hinchados, de mugre pegada en cada rincón de sus hogares.

LUCAS PAYETTA

LUCAS PAYETTA

En Santa Fe, una mañana comenzó a llover. El cielo se puso horrible.
Los techos estaban todos mojados. La antena, los cables, las chimeneas, los tanques de agua y algunos árboles, estaban quietos bajo esa lluvia que era como blanca y fría si la tocabas.
El cielo, a veces, se ponía de color lila por culpa de los relámpagos, y a lo lejos se escuchaban truenos que hacían un ruido rarísimo.
Las zanjas se desbordaban cubriendo las veredas y los charcos se hacían cada vez más hondos.
Hora tras hora el agua comenzaba a dejar a algunas personas sin sus hogares.

PABLO OBERMANN

PABLO OBERMANN

Un día fui a la escuela y estaba lloviendo. La lluvia ciega mojaba las antenas de las casas y los relámpagos iluminaban el salón. El espeso cielo cubría los techos y los pájaros sufrían ante la tormenta eléctrica.
El agua se deslizaba por las calles y las zanjas estaban tapadas por una mugre vieja. Entonces algunos charcos se hicieron cada vez más grande hasta impedirle el paso a la gente. Y llegó la inundación.
La mayor parte de las bombas extractoras no funcionaban.
La gente empezó a buscar los lugares donde el gobierno les dijo que los esperaba para trasladarlos en camiones y cuando llegaban a ese lugar no había nada y tenían que arreglárselas solos.
Fueron a meterse en las escuelas para ser mejor atendidos y después no se querían ir para que pudieran comenzar las clases. Además hicieron desastres, rompieron instalaciones, escribieron paredes, robaron elementos de trabajo. Algunos usurparon casas sin pensar que los dueños no tenían la culpa de lo que les había pasado.